Una sonrisa del alma

I

“Uno”, y se sentía con mucho ánimo para continuar. “Dos, tres, cuatro, cinco…” aún consistía en su manía de respirar con la boca y sacar el aire por ahí mismo. “Siete” y con ánimos de seguir, empieza a entonar la última canción de Jennifer López que suena por el equipo de sonido, “¿y el anillo pa’ cuándo?”, mientras hace movimientos con sus caderas contorneando el sube y baja de sus manos con las mancuernas de treinta libras cada una. “Ocho, nueve, diez”, las pone en el suelo y descansa el minuto que siempre se permite.

Cinco años en el gimnasio vale la pena para Andrés. No existe tiempo y espacio en el cual no piense en las rutinas de piernas, glúteos, hombros y brazos. Sentado ojea su celular y ve una foto de cuando tenía catorce años y llama a su compañera de gimnasio, “Itza mira, así era yo antes de venir al gimnasio”; un muchacho minúsculo metido en una presa, raquítico, nada parecido al Andrés de ahora.

De 90 libras pasó a tener 135 libras y con forma. Un hombre bien fornido, unos muslos de pechuga de pollo, unas nalgas levantadas como cualquier mujer desearía tener, un abdomen de lavadero, con los cuadros resaltados que, cuando se quita la camisa no hay mujer que no lo vuelva a observar, aunque sea disimulado.

Andrés es un hombre que toda su vida la ha pasado en el gimnasio, desde que salió de su quinto año de secundaria no conoce otra cosa que no sea ejercitarse. Todo esfuerzo tiene sus frutos. Es un hombre que ha sabido aprovechar su desarrollo físico en concursos de belleza, Míster NicaraguaMíster Universe Nicaragua.

El minuto de descanso se terminó y continúa su rutina. Hoy es el día que le toca pecho y hombros. No hay afán de terminar ya porque en el gimnasio solo hay tres personas. Es sábado y casi nadie se acerca por las mañanas, solo por la tarde. “Dale Itza, vos me avisás a qué hora la otra”, “calma, si yo no soy como vos. Ya casi te pido cacao”; cada vez que Andrés termina su primera serie, le ayuda a Itza con sus repeticiones de glúteos en la máquina de la “prensa”.

“¿Y el agua de los pobres, Andrés?”, “allá está, en la mesa. La traje heladita” y sonríe meticulosamente. Andrés siempre camina un galón de agua para regalar y para su uso, los líquidos son muy importantes para él. Itza se toma un cuarto de la mitad, pero viene Andrés y en solo medio minuto se tomó la mitad de lo que quedaba.

“Itza, pienso ser jinete este año, para las fiestas del pueblo. ¿Cómo pensás que puedo ir vestido?” le menciona Andrés, medio balbuceando mientras levanta las mancuernas que utilizaba, para ponerlas en su lugar. “Pues yo te mandaría de negro. Jeans negro, camisa de vestir negra, botines picudos…pero, ¿cuánto es que dilata la operación? ¿No es que está fijada para esa fecha?”, exclama Itza muy pensativa y entrecortada la voz del cansancio de la última repetición. “Sí, es cierto”, “¿y entonces? ¿Cómo es que querés montar?” lo queda viendo sorprendida, extrañada de la sutil respuesta. Andrés, sostiene la prensa de un lado, desencaja el freno e Itza inicia nuevamente con el movimiento de patada para tener glúteos más grandes; Andrés empieza a contar las sesiones de ella, “querer es una cosa, de que se pueda hacer eso, no sé”.

“Andrés”, “Andrés”, “Andrés ya terminé”, “Andrés sosteneme la prensa, no aguanto”, “Andreeessss” le grita desesperadamente Itza, que no aguanta su pierna derecha de estar sosteniendo la máquina. Él regresa nuevamente de su divagación mental, le abre los ojos como dos chibolas que se tiran a chiclear, “lo siento, lo siento”, sujeta el freno y lo coloca en su lugar; “lo siento, en serio, al saber qué ando en mi cabeza”. Ella, ya secándose la cara lo queda viendo con ternura, “tenés un gran corazón, no te preocupes por lo demás”.

Dos horas y veinte minutos en el gimnasio son suficientes para terminar los ejercicios del día, lo que queda es volver a tomar agua. “Nos vemos Avilés. Hasta el próximo día niña”. “Espera…acordate de las fotografías para el miércoles. Tenemos mucho trabajo qué hacer”, le grita Itza que está desde la entrada del gimnasio, “para nada chiquilla, ya tengo lista la tanga”, le informa Andrés con una carcajada y le hace señas de un adiós con su mano izquierda.

II

Andrés está acostado en su cama, viendo los anuncios que pasan por la tv. Imprevistamente suena el celular, timbrea dos veces. Un mensaje de texto: Ya está todo listo. Pero el médico quiere volverte hacer unos exámenes mañana y ver los resultados ese mismo día. Nos vemos a las dos de la tarde en el hospital. Otro inconveniente para mañana, piensa Andrés para sí. De manera semiautomática, escribe lo siguiente Okay, doña Flora. Buenas noches.

5:50 AM es la alarma que sonará en el celular para el día de mañana. No muchas obligaciones, ya prácticamente no hay nada porque todo se canceló. Lo principal es ir al médico, ya Andrés le dio su palabra a doña Flora. Activa la alarma y, silencia su cuerpo y corazón para disfrutar los sueños más metidos en el subconsciente.

“Andrés, todo está listo ya. Pronto todo se resolverá”, le dice una voz cálida, de verano, al oído. “Andrés no tengas miedo. La decisión que hiciste es la correcta”, le explica un poco más cerca al oído y siente como le acarician el cabello porque le cosquillea una de las mejillas. Siempre le pasa eso cuando le hacen mimos. “Andrés, ya nunca podrás disfrutar de tu vida normal, nunca serás un grandioso fisicoculturista” le anota al otro oído, otra voz trémula, seca y ostentosa, “no entiendo por qué te la tirás del fuerte, no serás capaz ni de soportar un jincón. Morirás al primer intento, morirás”, se carcajea el anunciante y replica en ecos… “morirás”.

“Ttrrrrrin, ttrin, trin”, es la alarma. Y como de espanto Andrés se suspende de la cama. Se frota los ojos pausadamente y queda viendo la botella de agua que está sobre la mesa. Tiene mucha sed, la coge rápidamente y luego toma su celular. Itza, fíjate que no se va a poder lo de las fotos para hoy. El médico me quiere ver a las dos en el hospital para verificar el resultado de unos exámenes. Se activa el sonido de enviado y como un rayo que atraviesa kilómetros por segundos, contesta Itza: No hay falla, prix. Te comprendo. Cuídate. Qué lástima, yo te quería sacar todo sexoso.

Andrés ya ni se extraña de que la ropa le quede muy ajustada. Igual siempre tiene qué enseñar y cómo enseñar. Ama profundamente su cuerpo y no va al gimnasio para cambiarlo, sino para hermosearlo, para que el bluyín le someta a mostrar su cuerpo todo grueso, para que las camisetas le repinten el pecho y se forme la raya en medio de ellos y, para que las zapatillas hagan perfecta combinación con la mudada.  Saca los audífonos de su bolsa izquierda, los conecta a su celular y se mete en lo profundo de su corazón.

Hora y media de camino para llegar al hospital vale la pena para pasar escuchando música. No importa el artista, no importa el tiempo, tampoco importa el momento porque todo es efímero en la vida. Si en un segundo estabas arrecostado en el respaldar del asiento del bus, al otro segundo se está cayendo de un lado la cabeza junto con el cuerpo, por el sueño que provoca el viaje. Andrés siempre es así. Se duerme en los viajes largos, en los cortos igual. Para él no hay diferencia.

III

Un hospital exaspera a cualquier persona que esté muy bien de salud y esté por ahí de paso. Mujeres, hombres o la niñez llorando por la muerte de un ser querido; personas que están en la etapa última de su más allá y quienes aún tienen la esperanza de verlos con vida chillan de dolor; doctores y doctoras, desesperados por no tener un diagnóstico clínico seguro para un paciente no estabilizado en su enfermedad; enfermeros, enfermeras, enojados con sus pacientes por no dejarse inyectar o ponerse el suero. El hospital, un lugar de ocre, medicinas, silencios y a veces gritos.

Así lo siente Andrés, que está en la sala de espera para ser atendido por el médico cirujano. “Qué raro, me pasé 10 minutos y doña Flora aún no ha venido”, dice él volviendo a ver su reloj que marcan las 2:10 de la tarde. “Andrés Ayala”, gritan desde el consultorio número 4. Es su turno, su cita con el amor a quien le entregará una parte de sí para siempre. “¿Doña Flora, ya estaba usted aquí adentro y no me dice?”, reclama Andrés asustado, que al entrar observa a doña Flora a la par del doctor Reyes. “Si hijo mío, me vine un poco antes porque el doctor quería conversar conmigo primero”, “pero, todo bien con usted, ¿verdad?”, “vivita y coleando mientras sonría. Solo eran exámenes de rutina”, anuncia doña Flora con un guiño de ojo para Andrés.

“Bien Andrés, veamos el resultado de los exámenes que te hiciste la semana pasada”. El doctor Reyes saca de su segundo archivero un sobre amarillo de manila que se lee CASO FLORA RODRÍGUEZ, saca tres papeles con tecnicismos de la medicina general: examen biométrico, examen de creatinina, examen de electrocardiograma.

Ojea cada uno, individualmente y, luego de dos minutos los pone al lado derecho de la mesa y dispara su vista hacia Andrés, “podemos asegurar con severidad que la biometría hemática, en este momento, se encuentra en parámetros normales, no hay alteración que ponga en riesgo que se realice el procedimiento para el próximo lunes…”, lo anuncia con un largo énfasis en la letra ese, que no termina hasta que saca su agenda, ve el día lunes 22 de mayo y observa sus horas de cirugía programadas, “dos de la tarde”, pronuncia velozmente, cerrando de un zumbón el calendario de sus actividades.

“¿Recomendaciones para mí?”, pregunta Andrés. “Lo mismo. Seguir con el hábito alimenticio que te dije, cero alimentos grasosos, cero alimentos con sal, cero hábitos tóxicos. Sigue ejercitándote como lo sabes hacer, muy bien, ya que te encuentras en un peso adecuado”, replicaba mientras hacía movimientos genuinos con sus manos.

“¿Algo más?”, añade Andrés, “Que duermas mucho. Y a usted señora”, voltea la vista donde doña Flora, “deberá comer saludable, tomar mucha pero mucha agua. De ser posible, más de lo normal. No olvide que esto es una situación de cuidado y protección para toda la vida. Hablo para ambos. Y, si me permiten, me tengo que retirar porque tengo que hacer una cirugía dentro de diez minutos”, exaspera el doctor Reyes, haciéndoles mueca a los dos para que se levanten y salgan, “ya saben cómo es esto, todo es con hora”.

La noticia más feliz pero peligrosa para ambos es la que han recibido doña Flora y Andrés. No se esperaban tan próxima la fecha para el proceso de la cirugía. Ambos se quedan sentados en una de las bancas de la acera del Hospital. No se dicen ni una sola palabra, solo se quedan viendo fijamente, cada uno, sus manos que se restriegan y restriegan en sus muslos. Un minuto, tres minutos, diez minutos y ni deciden despedirse tampoco. No hablan.

“Si no me muevo pronto, el bus me deja”, pronuncia al fin Andrés. “Deja que yo te lleve hasta tu casa, por favor”, le dice doña Flora. “No se preocupe, en serio, me iré en bus esta vez”, “insisto, déjame llevarte”, “esta vez no, por favor. Nos escribimos un día antes de las cirugías. El lunes, si aún no me he muerto aquí estaré sin falta”. Y como que un perro bravo le seguía sus pasos, Andrés salió del Hospital camino a tomar el bus.

Qué puedo hacer ante semejante necesidad del alma por ser caritativo, generoso y benévolo. Qué hacer cuando por tu propia voluntad estás enamorado de entregar una parte de ti; aunque no vuelva amar completamente, el que ame entenderá mi razón de existir, de ser, de vivir, de comprenderme y comprender al otro, se decía una cuadra antes de llegar a su casa.

Sube las escaleras de su casa, ve a su mamá sentada en la silla mecedora y como si esperara una respuesta de él lo queda viendo aturdida. “Es el lunes a las dos de la tarde” le dice muy pausadamente Andrés. “Mi corazón de madre, jamás me engaña a mí. Ya lo presentía”, comenta mientras se levanta de la silla y le da un abrazo fuerte a su hijo, “vivirás por mucho tiempo. Dios te tenga presente por todos tus buenos actos”, lo aprieta como quien no quiere que alguien se vaya, “¿comerás?”, “no mamá, un vaso de avena espesa, está bien”. La mamá no le extraña que le pida eso, “uhhh, con los ojos cerrados hago eso” y coge para la cocina.

IV

¿Podemos vernos? Necesito desahogarme. Fue el mensaje que Andrés le escribió a Itza una noche antes de que se vieran. Como siempre, ella muy amablemente le dijo, okay, te espero donde siempre.

Una amistad fraterna de hermanos, es lo que guardan en su pecho Itza y Andrés. Se conocieron desde pequeños, desde que estaban en preescolar, hasta tal punto que se graduaron juntos de la secundaria. Luego ella se fue por un tiempo a terminar sus estudios de Relaciones Públicas e Internacionales en Managua, pero aún se texteaban. Incondicionalmente estaba ella para él.

Arboles de hojalatas eran los que existían en el parque estático del pueblo. Ocho de la noche y todos buscaban su casa para dormir, solo Itza seguía entumida en la acera del parque que esperaba Andrés; de chinelas rolter, en pijama, el pelo enmarañado y con su celular en la mano. Ya se estaba desesperando. Al día siguiente tiene clases de fotografía y nada que aparece Andrés.

“Hola niña”, le dice Andrés mientras le tapa los ojos y luego le abraza el pecho. “Ya me iba ir yo. Nunca venías”, “es que me dio hambre y me puse a comer”, “cerdo”, “vulgarcita”, “comelón”, “muerta de hambre” le sentencia él mientras se sienta junto a ella.

“Y bien, ¿cómo estuvo la cita médica”, “el lunes a las dos de la tarde inicia todo”, “no me sorprende”, “¿por qué?”, “porque algún día todo esto tiene que empezar. En la vida tomamos decisiones y todo posee consecuencias”, “tenés razón”, “pero ánimo mi míster, todo saldrá bien. Ya veraz”, fue lo último que aflojó, como cuando escupe después de masticar la punta de su tabaco.

Esa noche no hubo luna, solo estrellitas que adornaban el cielo junto con las luciérnagas. Andrés se arrecostó por unos segundos al hombro musculoso de Itza y él no pensaba. Solo dormía en la intemperie de sus pensamientos blandos. Itza, miraba a los centinelas del parque que buscaban como acomodarse de la mejor manera en su hamaca.

“¿La noche no nos premiará por un desvelo, sabes?”, “vámonos pues” agrega Andrés y se levanta, sintiendo totalmente tieso su trasero por la posición en que estaba. “Dios te bendiga, mi míster”, “amén”. Y cada uno caminó hacia su lugar de destino. En el camino, Andrés ya le estaba escribiendo un mensaje a doña Flora, estoy listo para mañana. ¿Y usted?

Ya cuando Andrés se había cepillado los dientes, aplicado el enjuague bucal, lavado la cara y acostado, entró el mensaje de doña Flora: Pensando en ti, querido Andrés. Si vos estás listo, yo también. Y ambos se durmieron mientras la luna, que esa noche estaba invisible, poco a poco se escondía para dejar aparecer al señor sol.

V

“Métase a ese cuarto por favor, se quita toda la ropa, hasta el calzoncillo y los calcetines y se queda solo con la bata”, le dice uno de los enfermeros a Andrés, dentro del cuarto previo a cirugía. Las manos le tiemblan, las piernas se le entumen y la sonrisa es estática, así se observa Andrés que solo siente fuertemente la presión en su corazón por lo que pueda ocurrir al momento de la cirugía.

La decisión estuvo tomada desde hace mucho tiempo. No hay vuelta hacia atrás. Su mamá, su hermana, lo estarán esperando una vez que acabe todo y sentirá que la sonrisa es natural al saber que hizo algo muy bueno para alguien más, alguien que lo necesita. Le hace caso al enfermero, se quita toda la ropa y se queda solo con la bata tan rala que el abdomen se le contrae del frío que emana el aire acondicionado.

“¿Listo? Ahora se me arrecuesta en esta camilla, se me queda tranquilito que ya vengo a canalizarlo para sedarlo y llevármelo a cirugía. Usted relajado si, por favor”, le sentencia el enfermero que sale del cuarto casi corriendo.  Pero ahora a Andrés le asalta una duda, ¿será capaz de no volver ir al gimnasio a cambio de salvarle la vida a doña Flora? No volver a correr, cuidarse totalmente y para siempre en la comida… y todo eso que el médico, el doctor Reyes, ya le había advertido una vez resuelta la cirugía. ¿Podría con todo eso?

Llega el enfermero, lo comienza a canalizar. Es fácil de hallarle la vena porque ya las tiene resaltadas de tanto ejercicio físico. Le penetra la aguja, no siente el jincón y solo suelta una sonrisa. “¿De qué se ríe, señor?”, Andrés no contesta y solo piensa ¿En qué? En la vida, en lo que significa renacer de nuevo, vivir para amar, vivir para sonreír, vivir para ser feliz, vivir con profundo amor propio.

“Señor, ¿siente mareo, ganas de vomitar, alguna otra cosa?”, “siento muchas ganas de amar”, “señor Andrés, ¿me escucha?”, “escucho el sonido de la música eterna que me anuncia una nueva vida, “doctor Reyes, ¿qué le pasa a don Andrés, se le puso mucho sedante?” Andrés, que escuchaba el eco de la voz del doctor que dijo “el anestesiólogo quiso sedarlo por completo, por eso te dio dos dosis”, sonrío con más fuerza.

“Andrés”, le dice el doctor Reyes y Andrés solo mueve la cabeza. Luego de un minuto, “Andrés, ¿me escuchas?”, y Andrés parece dormido. “Ya, ya está listo, hay que trasladarlo a cirugía”. Lo mueven rápidamente en la camilla y lo meten a Cirugía. El doctor Reyes se alista, se pone la bata, los guantes, mientras los enfermeros junto con el anestesiólogo preparaban los otros instrumentos para la operación.

“Bueno, empecemos”, acredita el doctor Reyes mientras se pone el último guante, “clase corazón el de este muchacho para querer quedarse sin un riñón”, agrega y empieza aplicar yodo para desinfectar un lado del abdomen.


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