El amor de la abuela

El amor tiene un concepto misterioso e incomprensible, pero jamás nos obligará a dejar de autoamarnos, autocurarnos y valorarnos.

Sentada en recuerdos vive doña Alba. Casi enclenque de sus piernas y sin poder caminar, a no ser que sea con un bastón.  El amor la dejó así, en soledad, dentro de una casa donde bien puede caber uno más, su eterno esposo desde hace setenta años, pero no es así.

Él no está, porque no hay arreglo, no hay acuerdo de paz.

Mientras con el bastón intenta arrearse las moscas no deja de pensar en él, porque se fue a vivir a la finca y la dejó sola. “Él ya no me quiere más”, “viejo que me quita la vida a mí”. Refunfuña en su cerebro esos pensamientos cada hora. Es como si en realidad estuviera él en la casa, porque lo único que hace doña Alba es clavar su vista, sentimientos y olfatos hacia él; a su manera, pero así es el cuento. Ella lo ama.

Es tanto su amor hacia él, que se le olvidan los medicamentos que debe tomarse…es más, prefiere no tomárselos porque si él no está, para qué, no tiene chiste. Reumatismo, la presión, cefalea, diabetes, osteoporosis, infección renal, gastritis crónica, intolerante a la lactosa, reflujo gastroesofágico y quién sabe cuántos más diagnósticos.  Si les contara las múltiples enfermedades que tiene, no acabaría nunca. Son tantas que hasta ella misma perdió la cuenta. Al día son como veinte medicamentos.

Ha visitado muchísimos médicos especialistas y naturistas para cada enfermedad desde hace treinta años. Me encantaría no mencionar su última visita, pero es que la trató tan mal un doctor que ella mejor calló; pero, para que despierten las otras, las viejitas que leen esto, merece la pena.

De tantos medicamentos que ya había probado en su vida, todos los que el último doctor le había recetado, ya los conocía; por lo tanto, en cada mención de un fármaco ella replicaba tajantemente “ya lo tomé y nada me hizo”. Al seguir con el sermón, Dr. Sáez sentenció, “señora, entienda que usted puede ir a dónde quiera y tomar lo que quiera, pero si no sigue una vida disciplinada para ingerir los medicamentos, seguirá gastando millonadas de dinero”.

Y claro, a partir de esa situación, doña Alba quiso vivir bien, con la ayuda de él, su esposo; pero como nunca la tuvo, todo se iba al carajo.

Pronto, ella en dos días estará cumpliendo setenta y cinco y solo espera una cosa, que él le pida perdón y regrese a la casa, para tenerlo cerca, hacerle su comidita y el café, darle a lavar su ropa y sentirse nuevamente completa.

Ante este dilema de no tenerlo con ella, mejor se queda sentada haciendo nada, ni siquiera para ella. No se hace desayuno, almuerzo ni cena. Sus sesos solo están fundidos en don Octavio, intrépido como un mono, robusto como un palo (seco, le agregaría yo), galán con corbata de mariposa y, macho tal como el zopilote corteja a la hembra.

De ese zopilote, se logró expulsar seis mujeres y cuatro hombres en el vientre de doña Alba; todos son ahora adultos, ya casados. Jamás quisieron vivir con ellos porque según su última hija, la menor, “ahí no se vive en paz, todo es sacarse los trapitos al sol”. Por eso no hay nada mejor para doña Alba que estar viendo pasar a la gente desde el porche de su casa.

La semana pasada llegó una de sus hijas a visitarla. Era fin de semana, un domingo. Le llevaba una sopa de gallina que la misma doña Alba le había enseñado a preparar cuando todos eran unidos; se juntaban todos los hermanos con sus familias para visitar a sus padres, hacer sopa y dominguear. Pero de eso, nada prevaleció. Él ya no estaba y de nada valía la sopa de Margaret.

–Le traje una sopa de gallina que hice en el almuerzo, mamá.

–¡Ya era tiempo que te acordaras de mí! Qué barbaridad que ni comida me dan.

La sublime Margaret no podía con ese insulto. Hablarle mal tampoco podía porque era su madre. Mirando a su hija de catorce años le dijo, “no le hagas caso amor, ya está viejita”. Le pone la sopa en la mesa de la cocina y la tapa con un trapo de comal. Después de dos horas de haber estado sentada Margaret junto a su mamá, sin que ambas digan ni una sola palabra, decide despedirse porque su marido la está esperando para cenar. En los adentros de doña Alba, lo único que repicaba era la manía de pensar en él y como no tenía tanta hambre, lo mejor era dejárselo a don Octavio por si se aparecía en la noche. Sin embargo, no apareció.

La casa de doña Alba era muy extensa, con mucho patio con unas cuantas gallinas que revoloteaban todas las mañanas y ella les tiraba trigo. Una casa con cinco cuartos, cuatro juntos y uno separado donde solo don Octavio podía entrar, porque claro, era el de él. Desde hace treinta años no dormían juntos.

Dos años atrás, ella pensó que regresarían a dormir juntos porque él le dijo que había vendido una vaquilla para pagarse una cita con un ginecólogo y ver si en realidad “podría lograr algo con ella”. Doña Alba, con las perlas preciosas que le adornaban en su boca le dijo, está bien. A ella, no le importó que vendiera una vaquilla. ¿Qué es una vaquilla para el bienestar de ella? Nada; ¿qué es una vaquilla menos para acaparar el espacio que ya se había roto? Pero toda su imaginación se le vino abajo. Se dio cuenta que don Octavio tenía otra mujer, vivía con una compañera en la finca. Entonces se esclareció el caso, él tomaba revitalizadores hormonales para su erección, pero no para satisfacer a ella, sino a él y su otra compañera.

Fue un dolor insoportable, un aguijón que ardía y todavía arde. Una punzada irreparable para doña Alba.

Fue un dolor insoportable, un aguijón que ardía y todavía arde. Una punzada irreparable para doña Alba. Siempre lo recuerda con histeria, abandono y desdicha y más, cuando en uno de tantos pleitos él le dijo “si yo no me quería casar vos, al final fue por el compromiso”, sintió que su alma se quebraba en tuquitos de estiércol, se sentía vacía; en ese instante, recordó las épocas en las que él llegaba borracho y deshojando con violencia su cuerpo, metía una y otra vez su pene erecto en la vagina totalmente cerrada, adolorida y sebosa. Una y otra vez. Cuando este lograba dormirse, ella corría inmediatamente a meterse en el mostrador de las papas y los repollos que había en la venta, con miedo a que él la fuera a buscar.

Sí, doña Alba tenía venta. Y no solo eso. Los viernes mataba una res, los sábados dos cerdos, era el día para hacer nacatamales, frito, moronga y chicharrón, todo lo típico de su país, Nicaragua. Pero como agua rápida de cascada, todo se vino abajo.

La venta aún está, pero lo demás no. Es que tampoco le da ganas de despachar porque no está él y entonces para qué vivir sin esposo, para qué ganar dinero si él no estará con ella disfrutándolo.

La gente dice “buenas” en la pulpería y doña Alba solo arruga su frente y puja con desdén. No quiere ni despechar. No está él. Si logra levantarse es por la intrépida maña de quien ya la conoce: le preguntan por él y ella, saca el pensamiento del día, lo expone, injuria y calumnia a su esposo, esboza todo lo mal que le ha hecho, derrocha lágrimas hasta de la boca y al final proclama “por eso lo corrí”; luego, le pregunta al cliente qué quiere y le despacha.

Doña Alba, nunca dice la verdad porque sabe que no le conviene, ella lo quiere de vuelta. No le dice al comprador que él dijo que se iba a la finca puesto que ella era “una vieja malcriada, cacreca, llorona y fea”. Doña Alba está clara de lo que significa esa frase, sabe que algo hizo mal como esposa, que de seguro no le dio algo más que él necesitaba. El deber de la esposa es estar para el esposo y si ella se equivoca es bueno ser sumisa ante él. No hay vuelta de página, así la educaron.

Doña Alba al fin está dispuesta al levantarse de la silla, salir del corredor y buscar qué hacer. Se acordó de su medicamento, ese que le había dado un naturista, noni licuado con naranja agría para la circulación y así poder caminar bien. Abre la refrigeradora, se acuerda que no la ha lavado hace dos meses, pero lo disimula con el trapo limpiador, saca la pichinga de dos litros con el jugo y se queda en la inmensa sala, en una silla mecedora junto al televisor que lograba reproducir imágenes blanco y negro que su esposo le había comprado para entretenerse.

No lo quiere encender. Es mejor el silencio. Tampoco quiere dormir, es mejor estar a la tentativa de la reconciliación matrimonial. Pasan diez minutos y se duerme. Seriedad es lo que la describe, saturada de incongruencias y de falta de entendimiento. Perdida, su apellido, en las paredes de concreto que dejan recuerdos. Pero ahí está doña Alba, respirando y exhalando su dióxido de carbono con aroma a “Siete Machos”; vuelve a introducir aire a sus pulmones y es como si estuviera don Octavio. Medio abre los ojos y mira de largo un bulto alto, panzón, que se desplaza por el bajareque con mucha cautela. Es don Octavio, que llegó a las cinco de la tarde.

Ella se levanta calladamente. Camina como si no le doliera nada, sale hacia el porche, gira por la derecha sin sentir la subida de la rampa, abre el porche y se esconde detrás del murito. Lista para hablar con don Octavio y decirle que se quede con ella una vez más, que vuelvan a empezar, que vuelvan a estar juntos como antes.

images (1)Pasan diez minutos y aún no aparece, “qué estará haciendo tanto, ¿será que se durmió?” replica en sus adentros doña Alba. De suerte que nadie ha llegado a buscar a la venta para no despachar y atrasarse en el proceso. Luego de veinte minutos y, sin sentir dolor al estar de pie, escucha unos pasos de botas de soldado.

Don Octavio camina sin saber que ella lo está esperando. Doña Alba suda, se siente helada y cuando se le muestra a él de frente se queda muda. “Quítate”, le refunfuña él. Ella no se mueve, se paraliza; al cabo de dos segundos se da cuenta que lo tiene clavado en sus ojos y le roza la pierna con el bastón. “Muévete”, le vuelve a sentenciar él…pero ella está decidida a no dejarlo ir y sube la punta del bastón hacia el pecho y le baja la cabeza. Don Octavio le arrebata el bastón, la toma de las mejillas con sus manos y como si fuera a tararearle el mejor cumplido del mundo le dice “me das asco”, se aparta de ella, se monta en su moto y arranca para la finca.

Doña Alba se quedó sola nuevamente. Siente un nudo en la garganta, un galope de caballos en su estómago y considera golpes de martillo en la cabeza. “Debo estar enferma de la presión nuevamente”, piensa para sí. Se dirige a su cuarto se mide la presión y está estable. “Voy a ir a tomar aire, mejor”. Se dirige al porche, pasa tres horas sentada viendo fijamente al gato que duerme cerca de ella.

La oscuridad llegó a la casa. No ha encendido ninguna luz, prefiere estar en negrura, para solo fijarse en lo redonda plateada que la ilumina muy escondida. Y como si la luna la hipnotizara la manda a dormir. Antes de acostarse, doña Alba no está convencida de lo que pasó hoy. Se acuesta en su tijera, mira al techo y llora, llora y grita de dolor. No sabe identificar dónde está alojada la presión y como si fuera el último alarido, expulsa “¿por qué no amas?”

Para todas esas mujeres de hoy, para que no sean como la abuela.


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