Un minuto con ustedes

No era una playa común… era la playa más cálida que hayan visto mis ojos. Era inmensa al igual que todas pero esta conservaba los recuerdos más lindos de mi infancia. Unos colores magníficos se apoderaban de mi vista en la puesta del sol. El color naranja se manifestaba en mis ojos como a las tres de la tarde; luego, si miraba fijamente como a las cinco ya no era naranja, era rojo, pero lo que daba tristeza era cuando el sol se dormía, ya que aparecía la luna enfocando los pesares humanos.

El faro era uno de mis lugares favoritos. Antes, cuando era niño, después de vender la bisutería que realizaba con las conchas de mar corría a subirme al faro y aunque estuviera cerrada la verja, tenía mis mañas. Usaba un simple clavo de media pulgada  listo, ya podía ver desde el faro las lanchas de mi lindo pueblo.

Más tarde dejaba mis cosas en el faro y corría hacia la playa. Mis pies descalzos y sucios tocaban la  arena húmeda que se metía entre mis dedos. Me gustaba bañarme, todos los días lo hacía. Mamá nunca me regañó por llegar con la ropa llena de arena, me decía — Eso nos identifica, somos de mar.

Para sentir la noche en mi alma, en mi niñez siempre me sentaba en las piedras que rodeaban el faro, y allí estaba ahora, sentado cerca de una roca que golpeaban las olas. Olas muy osadas como queriéndome arrastrar por mi desgracia.

Vámonos ya Felipe, ya es muy noche y los niños tienen sueño — me decía mi esposa mientras tocaba mi hombro. Le dije que me diera treinta minutos, se enojó y se fue al carro a encerrarse.

La verdad, tenía como treinta años que no sabía de ninguna playa ni mucho menos de Pochomil, así como nunca supe de mis padres. A los quince terminé la secundaria y me mude a León a estudiar Medicina General y jamás tuve tiempo para nada, más que mis estudios. Estuve muy obsesionado con la avaricia y el poder. Cada vez que mis padres me llamaban para que llegará a visitarlos, les decía — no tengo tiempo, tengo x o y problema que resolver, la próxima semana les mando el dinero del mes… les prometo que pronto llegaré — Así se cumplieron los treinta años… hasta que un día por fin llegué, pero no se dieron cuenta que estaba ahí.

No recibí ni una llamada que me dijera que ellos habían fallecido, nada. Llegué de pura casualidad con mi familia y aunque Laura no quería ir a Pochomil a conocerlos, mis hijos sí, se encontraban felices por conocer a sus abuelos; yo me sentía venturoso, con un poco de desconsideración pero no me importaba, sabía que ellos se pondría contentos de vernos. Llegué a la casa de mis padre y los primero que veo es que los pobladores llevan cargando dos ataúdes. No hallaba que hacer y me encuentro a Paco, el mejor amigo de mi infancia, ya era adulto y aunque no me reconoció decidí preguntarle:

— ¿Sabe usted quienes murieron?

— Doña Luisa Mapfre y Elías Cuadra.

Me aparté de la multitud que acompañaba a mis padres. Me monté en el carro. Mi esposa me preguntó que por qué no dejé que se bajaran del auto-móvil, le dije que ya no tenía caso verlos porque habían muerto, ella se quedó callada y demostró indiferencia ante lo que yo sentía. Y así fue como aturdido por el dolor di a parar en las rocas que estaban cerca del faro.

Cierro mis ojos y no puedo dejar de pensar en mis padres. Mi madre era hermosa, era alta, sus brazos largos, tenía mucha fuerza que teniendo yo ocho años aún me cargaba en sus brazos y me decía que me amaba y que quería un buen futuro para mí. Sus cabellos de color negro, le llegaba hasta su espalda. El cabello de mi madre era bien largo y grueso. Ella era muy amable con las personas del pueblo. Defendía a toda costa a una mujer si sufría violencia por parte de su marido. Mi madre era de carácter serio, si se enojaba lo demostraba en su cuerpo, se ponía muy rígida y la cara muy arrugada. Raras veces me pegaba, mi padre lo hacía más. Ella era responsable en las tareas del hogar, trabajadora y muy inteligente, me ayudaba con las tareas de clase.

Mi padre todos los días salía en su lancha a pescar, cuando no traía nada solía decir: “no se desesperen… todo estará bien, lo que pasa es que eché las redes al lado  equivocado, me porté terco”, siempre le encontraba el lado amable a los problemas. Le encantaba cocinar, sabía hacer camarones al ajillo y freír un pescado a la perfección. Siempre me chineaba en sus piernas, sus ojos reflejaban amor, bien respetuoso con mi madre y en sus tiempos libres tocaba canciones nicaragüenses con su guitarra. Era un hombre flaco y alto pero como decía mi madre, “había de donde agarrar”.

No entiendo por qué nunca los fui a visitar. En mi niñez nunca tuve maltrato, ni mucho menos por parte de mis padres. Era feliz y la pobreza no me hacía menos; porque siempre me destaqué en clase. Creo que cuando entré a la universidad fueron las malas amistades, la cuidad que hizo que me olvidará de mi casa, de la playa y de mis padres.

Descubrí pasiones y adicciones.

Desgraciadamente en ese contexto recibía violencia psicológica por decir de donde venía. Me decían bastardo, churequero, no aguanté tantas humillaciones, hasta el punto que decidí no decir de donde arribaba y me inventé un nuevo hogar. Para ellos yo era rico, no pobre.

A Laura le conté la verdad de mi vida. Ahora sé que mi esposa se enamoró por el dinero, no por mis sentimientos, por eso no le importó la muerte de mis padres.

Como me gustaría tenerlos cerca de mí, regresar el tiempo y visitarlos cada semana. Siempre quise ser feliz, más ahora lo que tengo es una melancolía que mata mi vida.

Nunca había sufrido y nunca quise sufrir por mi culpa.

Las lágrimas se apoderan de mí, es insoportable el dolor de mi pecho. Quiero quebrar mi cuerpo, no quiero más dolor. Cómo me hacen falta.


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