Nada de campanas

Nadie se tiene que dar cuenta de los nuestro – decía el sacerdote mientras acariciaba el cabello a su amante entre las sabanas azules que tapaban sus cuerpos desnudos — sabes que te amo mucho y no me gustaría perderte. Creyéndose Sansón la abrazaba con fuerza apretujando su flaco pero sensual cuerpo, pues era una adolescente de diecisiete años, linda como la primavera pero erótica como el invierno.

Después de haber tenido dos horas largas de sexo en aquel cuarto imperial, ha terminado el trabajo de ella, de amante. Se aparta lentamente de su eminencia para que no se sienta perturbado por los movimientos que provoca, pero de todos modos él, ante su pecado cometido por más de mil veces, no puede dormir y abre sus ojos observándola mientras se viste. Es más linda que la primera mujer que tuvo en la iglesia de Santa Ana en Niquinohomo.

Era una mujer nada importante, adulta de la edad de veintiocho años, quizá ahora tendría como treinta y dos, pues han pasado como cuatro años que ya no está en esa iglesia. Era una iglesia muy grande, de la época de la colonia, fundada por los españoles. Tres campanas servían como adorno en la famosa parroquia. Albergaba más de dieciocho imágenes de santos, llena de devotos católicos que a diario llegaban a recibir la bendición del padre y buscaban que sus pecados le fueran perdonados. Sin embargo, ahora le tocaba estar en una iglesia que a diario le faltan feligreses, la mayoría prefirió irse con los hermanos separados. Los pobladores llegaban a misa  solo los domingos y los jueves solo llegaban diez de treinta. El coro ya no era coro porque la muchacha principal estaba siendo engatusada por los evangélicos. Era un pueblo muy pobre y sobre todo pobre de espíritu, hasta el padre lo era al tener una amante. A veces pensaba que era un castigo de Dios por su grave pecado, pero aun así no desistía de él.

Andrea lo queda viendo ya vestida y lo besa en la frente, pues ya se tiene que ir, ya van a ser las tres de la madrugada y tanto él como ella tienen que descansar, desearía que sucediera en la misma cama pero no hay tiempo.

Tenemos que buscar una nueva forma de comunicarnos, las limosnas no me dan para más y tuve que vender el celular, estoy incomunicado — le decía el padre a ella.

Andrea con su mirada elevada a la terraza del cuarto piensa.

— Que te parece… mejor no, suena muy arriesgado.

–No importa, dime de qué se trata.

–Tu sabes que aquí en este pobre pueblo la mayoría son humildes e ignorantes y pues pensaba en que nos podíamos comunicar por la campana de la iglesia.

–¿Por la campana de la iglesia? ¿Cómo será eso?

–Cuando quieras verme, el llamado será un campanazo a las una de la madrugada. No un campanazo cualquiera, ni de muerto, ni de misa, sino que será un solo golpe y rápido, así entenderé que nos podemos ver y dejarás la puerta de la casa cural abierta.

–Ummn… Está bien.

–Recuerda, un solo campanazo y dejás la puerta abierta de la casa cural y yo estaré allí en menos de diez minutos. Adiós.

Bajo la iluminación de la luna Andrea se fue hacia su casa, quedaba a tan solo dos cuadras de la iglesia y la casa cural. Vivía con su abuela de sesenta y cuatro años de edad, era evangélica. Los padres de Andrea habían muerto en un accidente de tránsito. Ella empezaba a cursar el primer año de su carrera, era experta en matemática y optó por contabilidad. Para sus amigos y familiares no tenía ningún novio, era la perfecta hija y ciudadana de Muy Muy, amable, cariñosa y socialista. Todas las veces que caminaba desde la casa cural hasta su vivienda nunca era vista por nadie, ya que hasta los borrachos del pueblo dormían, pues todos respetaban el sueño.

Ella entra a su casa y duerme tranquila pensando en que su amante pronto repiqueteará a la una de la madrugada la campana de la iglesia. Era una sola campana, tenía más de ochenta y nueve años de formar parte de la capilla. Nadie la limpiaba. Simplemente estaba allí, lista para ser tocada  antes de la misa, o cuando alguien moría.

Pasaron los días y la campana no sonaba a las una de la madrugada según como habían acordado. ¿Será que no me quiere?, ¿será que ya le aburrí? — decía Andrea mientras se rascaba la cabeza sin ganas de dormir, pues ya era jueves y habían pasado cuatro días desde la última vez que lo vio. Como a eso de las una y dos minutos de la madrugada en el desierto pueblo… Cliiimn, sonaba una campana. Ella no dudo en ponerse su chaqueta y salir en búsqueda de su amor prohibido.

Después de tantos quejidos y mugidos de amor… no hay más que hacer, ella se retira del aposento, no sin antes despedirse con un beso en la mejilla, recordándole que no dude en llamarla a las una de la madrugada.

Así pasaron tres meses apasionantes de amor. La campana era la única vía de comunicación para entender que él la quería ver.

El pueblito empezaba a especular sobre el campanazo de la iglesia a las una de la madrugada.

— ¿Chenta, y has estado escuchando ese sonido espantoso que hace la campana en la madrugada?

— Pos si fíjate… hasta escalofrío me da mí. ¿Será que es un alma en pena?

— Pos quien sabe… estuve platicando con las hermanas de la iglesia y también dicen que es eso. ¿Y si es que hay misa?

— Pero misa de qué mi hija… solo en tu jícara cabe, de segurito que es un alma en pena.

–A de ser hermanita por Dios. Decía mientras se persinaba con el santo rosario en la mano.

Una noche… Cliiimn, el campanazo de nuevo. Ella se levanta de su cama, se abriga por el frío y sale lentamente de su casa, sin nada de bulla para no despertar a su abuela. Como de costumbre camina muy rápido para no ser vista por alguien, desde lejos puede observar que la puerta de la casa cural está abierta. Él la espera.

Pero esta vez alguien la ve, es don Toño, miembro de la iglesia, que anda despierto por su insomnio. Toño ya había escuchado la campana sonar y se asustó pensando que era una alma en pena, quiso correr, pero no lo hizo, porque se horripiló tanto al ver que era el padre el que había tocado la campana y se metió en la casa cural dejando la puerta abierta. Qué raro — se dijo así mismo. Intrigado se sentó en las gradas de su casa, que queda en frente de la iglesia y la casa cural. A los cinco minutos observa que Andrea entra a la casa cural y se escandalizó mucho más. Me quedaré, voy a ver qué pasa, por qué esa entró donde el padrecito Daniel —dijo en voz alta.

Después de tres horas Andrea sale de la casa cural. ¿Y ahora, qué hago yo? — pensaba Toño.

Luego de pensar tanto y tanto por fin sabía qué hacer. Al día siguiente convocó a una reunión a todos los hermanos y hermanas de la iglesia que no eran muchos. Les dijo todo lo que había visto accidentalmente.

Una de las hermanas dijo:

— ¿Qué sugieres que hagamos, Toño?

— Pos no sé… lo que sí sé es que ellos piensan que nosotros somos idiotas que nos van a “dar gato por liebre” que quien suena la campana son las almas en pena.

— No es tanto eso Toño… que Dios me perdone lo que diré, pero son amantes.

—Hay que agarrarlos una noche, Florencia.

— ¡Hagámosles la guatusa jodido!

Una noche todos los feligreses se encontraban con Toño escondidos al lado del muro de la iglesia, esperando que fueran la una de la madrugada, la hora en la que el padre tocaría la campana.

Faltaba un minuto para la una y el padre salió a tocar la campana, cuando don Toño miró que se acercaba hacía donde ellos fue directo a tocar la campana antes que él. El padre empezó a temblar del miedo y no sabía qué hacer.

— ¡Aja padrecito, lo agarramos verdad! Decía una de las feligresas.

— Y esperen que venga la amante. Dijo don Toño.

Andrea desde lejos observa el alboroto, deja de caminar y se esconde detrás de un árbol de guanacaste. No logra escuchar muy bien, pero el bullicio le sobra y basta para saber que ya los descubrieron. Con el corazón precipitado regresa a su casa y se encierra para no ser burla de los pobladores. Al día siguiente me iré, me iré muy lejos de aquí a empezar de nuevo — se decía a ella misma.

Los feligreses ansiosos esperaban a la pecadora libidinosa pero no llegaba. Don Toño enojado empezó a tocar y tocar la campana con todas sus fuerzas que casi se ensordecían los hermanos y hermanas. Todo el pueblo se despertó y se aproximaban a la iglesia a ver qué era lo que ocurría. Hasta los animales se despertaron pero ella no llegó.

El lunes todos los pobladores amanecieron con sueño y nadie se levantó como de costumbre, excepto su eminencia que empacó toda su vestimenta, se montó a su camioneta que había comprado con tanto esfuerzo de sus sembradillos de tomate y salió lo más rápido posible de Muy Muy.

Jamás quiero volver a saber de una campana en mi vida — pensaba — ni de una  mujer, ni de ser padre… ni de nada.

De campanas no supo más el padre, con un dinero guardado que pertenecía a la Conferencia Episcopal de Managua se compró su celular doble chip, para comunicarse con sus frescas flores que lo aguardaban en algún hotel de la capital.

Él no dejaba su manía, pero eso sí, ya no era sacerdote. Era simplemente Daniel.

La iglesia de Muy Muy quedó sin padre y sin campana. Toño, la noche que pasó sonando y sonando la campana le hizo una gran fisura. A los dos días la gran reliquia de ochenta y nueve años quedó destrozada al caer de donde estaba colgada. Toño participó de su muerte y se dijo así mismo: ¡Pobre, no aguantó tanto pecado!


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