Mary María, florecilla

Quisiera saber a qué saben los restos del pasado, los bonitos, los que recordamos con tanto afán que al cerrar los ojos todavía se percibe como que nunca se ha vivido esa experiencia. El gusto que me queda de esas historias son a modo mantequilla, resbalan tan rápido a la mente, se deslizan por la memoria y llegan a mi psiquis como células vivientes pidiendo reencarnar nuevamente en mi humanidad; cuando la mantequilla sale del refrigerador es algo tan duro que no se puede juntar con el pan ni si quiera adherir al cuchillo, considero que así son las crónicas de nuestra vida, unas tiesas y pesadas, otras blandas y ligeras que rápidamente necean salir.

I

Así llegó Mary María a mi vida, con un pendiente con la forma de una rosa, enyuntada con mi prima Clara con sus influencias de vacanalera cada fin de semana. Mi prima ni si quiera calzaba en el perfil de la mejor amiga de Mary. No podía pasar ni diez minutos cuando estaba llamando la atención del público completamente elevada con alcohol y ella, mi florecilla, se quedaba sentada en la barra de la discoteca tomando su jugo de naranja convenciendo a Clara que lo había revuelto con un poco ron y Clara se lo creía aludiendo que en realidad el vaso olía a puro guaro.

Mary se convirtió en la esclava de la cocina familiar. Era experta realizando sus manuelitas, sus reposterías y el omelét, este último lo preparaba tan bien que yo me hacia el que  rebuscaba en la cocina algún enlatado para almorzar luego de venir de clase, porque sabía que ella no permitía eso cuando se ponía de encargada de la cocina.

–¡No bajes eso, es pura mierda! Yo te voy a preparar algo rápido.

Solo me quitaba y me sentaba a esperar en la mesa a que me sirviera el amor que yo sentía que ella me daba. Me miraba como un cipote, con mucha razón porque yo tenía tan solo 16 años y todavía me hacía en los pantalones, cuando mi papá me daba con la fusta por llegar pasado de las diez en época de la guerra civil. Alegaba que algún día  me pasarían la cuenta y que me vendrían a tirar a la casa en bolas.

Mary María, contenía unas pecas que me daban ganas de lamerlas como lo hacen las vacas con sus potrillos; también mostraba unas piernas tan flácidas que soñaba con algún día tocarlas y tocarlas para observar sexualmente sus movimientos de ola.

Yo no supe jamás qué vio ella en mí, pero parece que ya me estaba echando el ojo y no me daba cuenta. Mi florecilla era una mujer que no contemplaba a un hombre es su vida, ni en la muerte, decía que la libertad era para ella su esposo, amante y novio. Lo supe una vez que estaba hablando recostada al sofá con Elieth. Exponía con tanta naturalidad, alegando que la libertad y el libertinaje eran la misma cosa, que los espacios sociales eran controlables fácilmente como la política lo hace con sus seguidores y que por eso, la soledad era mejor que un puñado de hijos, esposo y casa.

II

La vez que le vi las florecillas fue el primer momento erótico de mi vida y el que guardaría y  traería siempre conmigo hasta el día de mi muerte. Las vacaciones de verano nunca se posponían en la familia, ahí estábamos cada año, a la misma hora, en el mismo lugar, en Cofradía, una extensa finca de cincuenta manzanas con un río, una casa de tejas bien espaciosa, dos excusados  y un baño tapado por una cortina de árboles contraviento que mi madre había hecho desde que yo tenía ocho años. Mi prima decidió invitar a Mary María y cuando me di cuenta no sabía si llorar de la emoción o  enojo porque no podría nadar desnudo en el río por pena.

III

Enojado porque mi papá me mandó con los mozos arrear el ganado, me le perdí rumbo al río y ahí estaba Mary María, sola. Me quedé detrás de los arbustos contraviento que mi mamá había dado a sembrar justo donde caía el chorro de agua de pozo al que le decíamos baño. Ella se movía como una culebra mientras escuchaba de la grabadora una canción toda hippie y al ponerse de espalda fue que vi lo que jamás olvidaría. Unos adornos impregnados en su nalga izquierda, color rojo, rosado y morado, flores que tapando completamente su pellejo y que parecía una escultura en vez de un cuero. Era el tatuaje más sexi que me daba ganas de nalguear. Parecía chigüín babeado por arriba y por abajo. Ya entenderán ustedes.

Me quería mover del lugar, pero no sabía si ir donde estaba Mary María aunque se me mirara el pene erecto o salir corriendo a buscar el ganado y calmar mis locuras de chiquillo. Para mí en ese momento, ella era la hembra que pudiese desear como la primera mujer a mi lado, así que estaba decidido a caminar hacia ella. Me vio y ni si quiera se asustó.

–¿Me has estado viendo desnuda?

–Sí.

–¿Te gustó mi tatuaje?

–Sí.

Sí, sí, sí, solo eso sabía decir y ella con sus ojos buscaba algo en mí que yo no entendía. Era una mirada que apretaba mi corazón y proponía una tartamudez en mis gemidos que intentaban salir de la boca, pues ella se atrevió a acercarse a mí con pasos lentos, desesperantes para mí, algo locos para Mary. Cuando tuve sus senos frente a mi nuca, porque ella era súper alta, vi las puntillas cafés… y yo que solo quería desaparecer. Sentí pena y mucha vergüenza. Me dijo que le diera mi mano y yo se la estiré torpemente. De un pequeño empujón condujo mi mano hacia sus florecillas. Toque su nalga como no queriendo abrir muy bien las manos y Mary María me dijo, “si en realidad te gusta, tocala bien”. Evité no pensar en nervios, abrí mi mano pausadamente y con la yema de mi dedo índice acariciaba circularmente el tuco de carne.

“¡Muy bien! No lo haces mal”, me felicitó y yo respiré profundo de que le hubiera gustado. Me sujetó de las dos manos, me pegó hacia un árbol de madroño que teníamos cerca y me metió su lengua en toda mi boca una y otra vez y yo, me acordaba de que habíamos almorzado sopa de frijoles y no me había lavado los dientes. Tenía miedo que se quedara con una escama de frijol al estar succionando mi saliva. Ella al parecer sentía que estaba con un hombre sin experiencia del amor, pero también se miraba encantaba de probar mis labios chiquitos y mis dientes de conejo.

Me sentía acorralado, sin poder hacer todo lo que había pensado cuando me la imaginaba desnuda cocinándome una omelét o cuando se acostaba en la cama de Elieth y yo pasaba para curiosear. Ya me estaba dejando llevar que hasta presionaba mis muslos porque honestamente estaba muy elevado. De pronto sacó su lengua, me besó en la frente y se metió al río como una sirena que se llevaba mi inocencia.

VI

Mary María, florecilla, nunca más me dio acceso a su cuerpo pero siempre guardo su sensualidad en mi mente, su brutal sexo y su cabello con olor a plátano verde. Después de esas vacaciones, Elieth se fue con ella para España a estudiar juntas la maestría de artes clásicas. Antes de irse con mi prima, Mary se fue a buscarme a mi cuarto y yo estaba en calzoncillo y aun así entró y me dijo “cuídate chigüín, portate bien”. Jamás la volví a ver, ni diez, veinte o treinta años luego.

Aún consiento la mantequilla cada vez que la voy a probar con pan, porque a eso me sabe esta historia, algo lucio, aguado, jugoso y suave que puedo disfrutar cada vez que yo quiera desde mi memoria. A mis setenta y cuatro años solo soy un viejo con recuerdos exóticos de mi adolescencia. De Mary María lo único que me quedó fue el palo de madroño de la finca que cuido y protejo todos los días. Mientras viva, no habrá quien corte los deseos que mi cuerpo descubrió en las florecillas libres que mi prima trajo hacia mí como por arte de magia.


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