Historia de la niñez y la adolescencia con al menos un familiar preso en Nicaragua

Un día de visita en la “Modelo”

La expresión más frágil que una madre puede oír ante tales circunstancias es: “Mami, no quiero ver a mi hermano aquí”.

ARCHIVO/ALLISSON MALTEZ
Los suministros básicos que Jessenia Pérez puede llevar a la “Modelo” son estrictos. El chayote, la piña y otras verduras y frutas están prohibidas.

Empaca el chancho frito en una pana con rosca, lo envuelve en una bolsa. Acomoda las tortillas a un lado de la pana con arroz y, en una bolsa plástica quintalera acomoda la ropa limpia y fresca para su hijo.

La mujer de los ovarios bien puestos está casi lista para ir a ver su hijo en la “Modelo” y digo casi, porque le preocupa algo. No tener el dinero suficiente para llevar a sus dos hijos pequeños, S. P., y Antonio con ella.

Pero la esperanza no se pierde, cerca de su barrio siembra y, justo en ese momento le llegaron a comprar 60 córdobas en libras de maíz. Y se pone a pensar… “60 pesos más 20 son 80”. Ahora sí ya puede ir a ver su hijo preso por tráfico de drogas desde hace más de dos años.

“Hola hermano, ¿cómo has estado?”, son las palabras que S. P., de doce años, piensa decirle a P. G, el ejemplo de hermano mayor que tiene; pero aún duda, porque siempre le dice lo mismo y parece monótono en el lugar más deprimente y cerrado del mundo, según afirma ella. Mejor le dirá que está buscando la manera de sobrevivir, aunque los otros amiguitos y amiguitas la evitan por tener un familiar preso.

ARCHIVO/ALLISSON MALTEZ
En la entrada de la “Modelo” hay un mercadito donde lo principal venta son los recursos de higiene, champú, jabón, papel higiénico para los reos.
*La

Los datos dan pistas

S. P., sobrevive un poco mejor a la discriminación social que diariamente se tienen que enfrentar por tener a su hermano preso. Ahora sabe que no es la única porque junto a ella, en Nicaragua, según el informe “Invisibles ¿Hasta cuándo?” del proyecto “Niñas, niños, adolescentes con padres y madres encarcelados” (Nnapes), existen un total de 13,030 niños, niñas, adolescentes con al menos, un familiar preso en Nicaragua.

Aunque el informe regional data de 2014 y el Estado nicaragüense no brinda estadísticas cualitativas, ni cuantitativas, S. P., está muy segura de eso, porque también su psicóloga Celina Obando, del proyecto Nnapes, se lo ha mencionado y la ha llevado a terapias grupales con chavalos y chavalas iguales que ella, donde se reúnen una o dos veces por semana para hablar del tema.

Aunque en Nnapes Nicaragua, que está dentro del Instituto de Promoción Humana, Inprhu, tan solo son un grupo de 31 personas, 21 mujeres y 10 hombres, divididos entre las siguientes edades: Tres niños menores de cinco años; 16 entre 12 y 16 años y, 12 adolescentes entre 13 y 16 años, no se “logra comparar con la cantidad de niños, niñas y adolescentes que todavía siguen sin atención psicológica, algunos con impactos en el entorno afectivo, otros en deserción escolar asumiendo el rol de adultos en la familia”, argumenta Celina.

Los riesgos de que la niñez o la adolescencia con este tipo de problemas, no sean intervenidas psicológicamente pueden ser graves a largo plazo. “Algunos son privados de oportunidades básicas, de sufrir victimización secundaria, despersonalización, quedar completamente distanciado/a de su referente encarcelado/a y el riesgo de caer en conductas antisociales”, aclara Celina Obando a Jessenia Pérez, mamá de S. P., que se muestra preocupada por la atención psicológica de su hija.

Por eso, la psicóloga explica que la recuperación emocional e integración social durante y después del proceso de judicialización y encarcelamiento del referente preso es muy importante.

La cifra de personas encarceladas en Nicaragua supera a más de 10,500, según el Informe Mundial de Prisiones (WPB, en inglés) presentado en 2017, en el mes de septiembre y la mayoría, por tráfico de drogas tal es el caso de S. P.

Es común en la “Modelo” ver centenares de niños y niñas apilados junto a sus referentes, comprando lo que hace falta cerca del mercadito o bien, sentados en andén mientras esperan su visita.
*“Modelo”

La ida es felicidad

Personas desde la frontera con Honduras, departamento de Managua y de otros rincones del país se bajan en la famosa parada la “Modelo”. Centenares de gentes, desde el más chiquito hasta el más grande caminan rápidamente, cargando pesados sacos de suministros básicos hacia las cuatro cuadras que hacen falta para llegar a la penitenciaria. Otras, tienen un poco más dinero y pagan los diez pesos a una de las moto taxi para que las/los lleven con todo y su cargamento.

10:00 de la mañana es una hora adecuada para estar puntual en la “Modelo”. Aunque la visita es a las una de la tarde, no importa. Larga filas se tienen que hacer desde el proceso de revisión y de listado de asistencia a la visita.

El saludo de las personas que visitan a sus familiares presos es de sonrisas, aunque platiquen de lo difícil que es poder llevar una pelota de jabón o el complemento para la alimentación de los reos. Jessenia, mientras sostiene su saco amarillo en la cabeza, mueve a sus hijos a la puerta principal para ser revisada por los del sistema penitenciario.

Mientras la familia avanza, una niña sale llorando de la cárcel jalada del brazo izquierdo por su madre. “¿Qué le pasa?”, le dice curiosamente Celina, “es que le quitaron su cadena y anillo”, dijo rápidamente la mamá. Eso fue lo más triste de la visita para la psicóloga. Querer ayudar a tantos, es el mayor problema a que se enfrenta la rama de la psicología en el área social o clínica.

S. P., al igual que los demás chicos y chicas, tienen un semblante de alegría, “miralos vos, dice Lois”, la abogada que también los acompaña como representante de Nnapes, se asusta de las impresiones de los rostros felices, contentos, dando brincos, correteando y aventurándose a las visitas de cada quince días, no importando el sol la lluvia y las filas que tienen que hacer.

*No es tu

Revisión inoportuna

La abogada Lois Gonzalez, está sabida que todos los policías del sistema penitenciario tienen que cumplir con ciertas reglas y si eso no se cumple, les quitan la visita a los familiares que llegan a ver al reo. Mientras observa entrar a la “Modelo” a S. P., su hermano y mamá, desprende un recuerdo a su memoria sobre una anécdota contada por Jessenia y que tiene registro escrito,  que a continuación será presentado:

     Nos revisan, no nos dejan pasar algunas cosas. Nos revisan de pies a cabeza; incluso a mi niño chiquito que tiene tres años, me le quitaron el pámper y me lo comenzaron a revisar. A mí, me metieron una paleta en medio de las piernas, a mi hija también; nos revisan todas las partes de los pechos. ¡Eso es horrible!

Lois, estima que respecto a esa situación, ellas tienen que pasar diferentes filtros que violentan sus derechos. El hecho que ella pase por todas esas revisiones, percibe que es un abuso de poder por parte de las autoridades, el invadir la intimidad y privacidad individual y familiar de los y las visitantes.

Al preguntarle cuál es la forma adecuada de hacer las revisiones en la niñez y la adolescencia, su respuesta fue que no debería de haber una necesidad de tocar el cuerpo ya que las connotaciones de cada policía son diferentes y los estereotipos también. “Hay que ser estrictos con la revisión del reo, no de la familia. Si hay sospechas, las revisiones deben ser con el reo”, afirma.

De acuerdo con los instrumentos jurídicos nacionales e internacionales, nadie puede ser objeto de injerencias arbitrarias o abusivas en su vida, ni en la de su familia. Esto se refleja y se esclarece en la Convención Americana sobre Derechos Humanos en el artículo 11, inciso dos y, Código de la Niñez y la Adolescencia, artículo catorce, que protegen la dignidad de la familia.

En la “Modelo”, ya sea cerca o dentro no se permiten tomar fotografías y más en estas circunstancias que atraviesa el país. Sin embargo, se pudieron hacer unas cuantas, de forma oculta.
*Familia

El regreso duele

La psicóloga y la abogada quisieran ser adivinas para saber cómo les fue en la visita a S. P. y su familia. Dos horas fueron insuficientes para ver al reo P.G; sin embargo el rostro feliz de Jessenia y su hija evidencian que les fue bien en ese corto tiempo.

Mientras ellas caminan a tomar el bus de Tipitapa, un tumulto de gente las acompaña con rostros meditabundos. Otro día de verlo, días más sin verlos. Triste para las personas adultas, feliz para la niñez y la adolescencia con un familiar preso.

Aunque S. P., y su familia caminan sin muchas cosas y sienten el peso de su cuerpo más liviano, en el fondo de sus corazones guardan pequeños sentimientos de vergüenza, desesperanza y odio. Y aunque a Jessenia Pérez le preocupe recoger dinero nuevamente para los gastos del reo, sabe que valdrá la pena traer nuevamente a sus hijos al rincón del horror, para ver a su hijo.

Para S. P., el regreso se hace rápido, un aguijón le punza en el pecho. Quizá son los escombros de los recuerdos de hace tres hora atrás o, bien, la vulnerabilidad a la que fue expuesta junto a su hermano, de sentirse más pequeña de lo que es, de verse en situación de poder ante las autoridades.

 

 


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s